Cruzar, mirar y marchar maravillados después. La vista de la Ribeira, el apretujado barrio de pescadores de Oporto, desde el cais (muelle) de Vila Nova de Gaia, al otro lado del Duero, suele poner el broche a toda escapada a la ciudad portuguesa. Bien desde el elevado mirador del Jardim do Morro, junto a la estación del teleférico, hasta cuyos asientos a modo de gradas acuden muchos a despedir el día. Bien a pie de dársena, bajo la herrumbre de 390 metros de altura del puente de Don Luis I —diseñado por Théophile Seyrig—, y después de dos días dedicados a los clásicos reclamos portuenses, ligeros aún de turistas en una soleada mañana de mayo.
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Puede uno regocijarse en soledad de la panorámica que corona los doscientos y pico escalones de la Torre de los Clérigos; o del interior de la librería Lello —que inspiró, se dice, a J. K. Rowling—, aunque ni siquiera una pandemia ha disipado la cola ante su puerta. Pasar (casi) inadvertido ante los clásicos azulejos del vestíbulo de la estación de São Bento, la iglesia del Carmo o la capilla de las Almas, y descender las angostas calles de la Ribeira para descubrir recovecos ahora desiertos —como las vertiginosas escaleras del Caminho Novo, a la sombra de un lienzo de la muralla Fernandina, del siglo XIV— hasta toparnos con el río.

Víctima habitual de una especie de veni, vidi, selfi a la carrerilla, Oporto pide ahora más pausa, incluso añadir algún día más al viaje para conocer el World of Wine, es decir, el nuevo polo cultural portuense, que marida vino, gastronomía y moda en el centro histórico de Gaia. Inaugurado en julio de 2020, este complejo de 55.000 metros cuadrados despliega en torno a una plaza de libre acceso seis museos inmersivos, una galería de arte y nueve espacios gastro alojados en antiguas bodegas de vino de Oporto rehabilitadas.

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Para empezar, la meticulosa labor de recuperación de estas naves centenarias, abandonadas cuando la producción viticultora se llevó fuera de las calles de Gaia, estrechas e incómodas. Un proceso de ocho años que ha devuelto el brillo a los entramados de hierro y madera en sus techos, y a las arcadas de piedra, nuevamente lustrosa, que parcelan estos viejos almacenes.
El vino es el hilo conductor de este lugar y se materializa en los 3.500 metros cuadrados y 21 salas que componen The Wine Experience, un museo para todos los públicos y una visión tan amplia que abarca las principales zonas vinícolas portuguesas y sus particularidades.

No sorprende que aquí se dedique también un museo entero al corcho (Planet Cork) y al cultivo de la corteza del alcornoque, del que Portugal es primer productor mundial. Todo un mundo, y muy divertido, pues se trata del espacio más interactivo del complejo, infalible si se va con niños: podrán calcular su peso en tapones de corcho; demostrar su destreza en un juego que simula una máquina embotelladora, y también aprender sobre la sostenibilidad de esta industria que reaprovecha todo el corcho sobrante en la fabricación de tapones.


