VIVENCIAS CIUDADANAS – EL DERECHO DE LAS AUDIENCIAS Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Por Teodoro Lavín León

La demo­cra­cia no se sos­tiene úni­ca­mente con elec­cio­nes perió­di­cas. Su ver­da­dera for­ta­leza radica en la exis­ten­cia de ciu­da­da­nos libres, infor­ma­dos y con la posi­bi­li­dad de escu­char dife­ren­tes pun­tos de vista para for­mar su pro­pio cri­te­rio. Cuando uno de esos pila­res se debi­lita, toda la estruc­tura demo­crá­tica comienza a resen­tirse.

En los últi­mos años ha vuelto a cobrar fuerza el debate sobre el lla­mado “dere­cho de las audien­cias”. En prin­ci­pio, nadie podría estar en con­tra de que los ciu­da­da­nos reci­ban infor­ma­ción de cali­dad, dife­ren­ciando cla­ra­mente los hechos de las opi­nio­nes y exi­giendo res­pon­sa­bi­li­dad a los medios de comu­ni­ca­ción. Ese es un obje­tivo legí­timo. El pro­blema apa­rece cuando, bajo ese argu­mento, se abre la puerta para que el poder polí­tico deter­mine qué puede decirse, cómo debe decirse o quién decide si una infor­ma­ción es correcta o inco­rrecta.

La his­to­ria demues­tra que los gobier­nos, inde­pen­dien­te­mente de su ideo­lo­gía, sue­len sen­tirse incó­mo­dos frente a la crí­tica. Nin­gún gober­nante dis­fruta que se exhi­ban sus erro­res, sus omi­sio­nes o sus con­tra­dic­cio­nes. Por eso, cada vez que surge una ini­cia­tiva para regu­lar el con­te­nido de los medios de comu­ni­ca­ción, es natu­ral que apa­rez­can preo­cu­pa­cio­nes legí­ti­mas sobre el riesgo de con­ver­tir esa regu­la­ción en un ins­tru­mento de con­trol.

La liber­tad de expre­sión no fue con­ce­bida para pro­te­ger los dis­cur­sos que agra­dan al poder. Al con­tra­rio, nació para garan­ti­zar que las voces incó­mo­das tam­bién pue­dan ser escu­cha­das. Si úni­ca­mente se per­mi­tie­ran las opi­nio­nes que coin­ci­den con la ver­sión ofi­cial, deja­ría­mos de hablar de liber­tad para entrar en el terreno de la cen­sura, aun­que ésta se pre­sente con nom­bres más ama­bles o jurí­di­ca­mente más ela­bo­ra­dos.

El dere­cho de las audien­cias debe ser­vir para for­ta­le­cer al ciu­da­dano, no para for­ta­le­cer al gobierno. El público tiene dere­cho a reci­bir infor­ma­ción plu­ral, diversa y con­tras­tada. Tiene dere­cho a cam­biar de esta­ción, apa­gar el tele­vi­sor, dejar de seguir un medio o bus­car otras fuen­tes cuando con­si­dere que una infor­ma­ción no le satis­face. Esa capa­ci­dad de ele­gir es, pre­ci­sa­mente, una de las mayo­res expre­sio­nes de liber­tad.

En una socie­dad abierta no corres­ponde al gobierno deci­dir qué perio­dista es obje­tivo, qué comen­ta­rio resulta acep­ta­ble o qué aná­li­sis debe con­si­de­rarse correcto. Esa res­pon­sa­bi­li­dad per­te­nece a la socie­dad misma, al debate público y al jui­cio de los ciu­da­da­nos.

La plu­ra­li­dad de medios y de opi­nio­nes puede resul­tar incó­moda. Habrá exce­sos, erro­res e incluso infor­ma­ción inco­rrecta que deberá ser rec­ti­fi­cada cuando corres­ponda. Pero el reme­dio nunca puede ser sus­ti­tuir el cri­te­rio de millo­nes de per­so­nas por el de una auto­ri­dad, por­que las auto­ri­da­des cam­bian, los gobier­nos pasan y las leyes pue­den modi­fi­carse, pero los dere­chos fun­da­men­ta­les deben per­ma­ne­cer.

México conoce bien el costo de haber vivido durante déca­das con medios con­di­cio­na­dos por el poder polí­tico. Muchos recuer­dan una época en la que la crí­tica era limi­tada, la publi­ci­dad ofi­cial pre­miaba la obe­dien­cia y cas­ti­gaba la inde­pen­den­cia, y en la que el acceso a dis­tin­tas ver­sio­nes de los hechos era prác­ti­ca­mente impo­si­ble.

Recu­pe­rar espa­cios de liber­tad costó años de esfuerzo, de refor­mas y, sobre todo, de perio­dis­tas que enfren­ta­ron pre­sio­nes para ejer­cer su tra­bajo. Por eso resulta indis­pen­sa­ble ana­li­zar con sere­ni­dad cual­quier pro­puesta rela­cio­nada con el dere­cho de las audien­cias. La pro­tec­ción de los ciu­da­da­nos nunca debe con­ver­tirse en un pre­texto para limi­tar el tra­bajo perio­dís­tico ni para inhi­bir la crí­tica.

Una demo­cra­cia madura nece­sita medios res­pon­sa­bles, pero tam­bién inde­pen­dien­tes. Nece­sita perio­dis­tas que pue­dan inves­ti­gar sin temor y ciu­da­da­nos capa­ces de dis­tin­guir entre infor­ma­ción, opi­nión y pro­pa­ganda.

La mejor defensa con­tra la desin­for­ma­ción no es la cen­sura. Es una ciu­da­da­nía mejor pre­pa­rada, con edu­ca­ción, pen­sa­miento crí­tico y acceso a múl­ti­ples fuen­tes de infor­ma­ción. Mien­tras más voces exis­tan, más difí­cil será que una sola ver­sión de la rea­li­dad se imponga.

La liber­tad de expre­sión no per­te­nece a los perio­dis­tas ni a los con­ce­sio­na­rios de radio y tele­vi­sión. Per­te­nece a toda la socie­dad. Cuando se limita el dere­cho de un comu­ni­ca­dor a infor­mar, tam­bién se limita el dere­cho del ciu­da­dano a cono­cer dife­ren­tes ver­sio­nes de los hechos.

Las demo­cra­cias fuer­tes no le temen a la crí­tica; la acep­tan como parte de su fun­cio­na­miento. Los gobier­nos ver­da­de­ra­mente segu­ros de sus accio­nes res­pon­den con argu­men­tos, con resul­ta­dos y con trans­pa­ren­cia, no con meca­nis­mos que pue­dan inter­pre­tarse como for­mas de con­trol.

Defen­der la liber­tad de expre­sión y el dere­cho de las audien­cias no son cau­sas opues­tas. Son prin­ci­pios com­ple­men­ta­rios que deben con­vi­vir en equi­li­brio. El reto con­siste en pro­te­ger al ciu­da­dano sin debi­li­tar la inde­pen­den­cia de los medios, por­que cuando la liber­tad de infor­mar se reduce, tam­bién comienza a redu­cirse la liber­tad de todos, que es pre­ci­sa­mente lo que cier­tos inte­re­ses polí­ti­cos en el poder bus­can coar­tar.

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