El conflicto entre el Gobierno de Morelos y los trabajadores de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial se ha convertido en uno de los problemas políticos más delicados del estado. No se trata solamente de números, presupuestos o de la creación de un Instituto de Pensiones. Lo que está en juego es la confianza de miles de trabajadores y jubilados que durante décadas prestaron sus servicios bajo determinadas condiciones y que ahora temen que esas reglas sean modificadas desde el poder.
El gobierno ha buscado acercarse a algunas organizaciones y grupos pequeños, pero eso no significa que exista un acuerdo con la mayoría. Los sindicatos con mayor representación, junto con organizaciones de jubilados, han expresado abiertamente su inconformidad. Al menos veinte agrupaciones decidieron retirarse de las mesas de trabajo porque consideran que no han recibido información completa y que las decisiones podrían estar tomándose sin la participación real de los afectados.
El problema central es la falta de credibilidad. Mientras el gobierno afirma que no existe una iniciativa formal y promete que no se tocarán los derechos adquiridos, los dirigentes sindicales aseguran que hay proyectos y documentos que no se les han entregado. En esas condiciones es imposible construir una negociación seria. Si no existe nada que ocultar, lo más sencillo sería presentar públicamente todos los estudios, borradores y proyecciones financieras.
También debemos decirlo con claridad: defender a los trabajadores no significa proteger abusos. En Morelos existen jubilaciones que deben revisarse, especialmente aquellas obtenidas mediante documentos dudosos, antigüedades infladas, cargos ocupados durante unos cuantos años o privilegios concedidos a funcionarios de alto nivel. Una pensión completa debe corresponder a quien verdaderamente cumplió con los años de servicio establecidos. La ley morelense contempla distintos porcentajes y modalidades, pero no puede permitirse que alguien pretenda recibir el mismo trato que quien trabajó durante casi treinta años solamente por haber pasado diez o doce años dentro del gobierno.
Sin embargo, revisar irregularidades es muy diferente a castigar a todos los jubilados. Quienes cumplieron legalmente con su antigüedad, tramitaron su pensión y han recibido durante años determinadas prestaciones no son responsables de la falta de dinero del gobierno. El déficit presupuestal no lo provocaron los trabajadores de base. Tampoco puede presentarse cada quincena pagada a un jubilado como si fuera una concesión generosa de la autoridad. Es el cumplimiento de una obligación.
Lo mismo sucede con los tres meses de aguinaldo. Esa prestación no fue inventada por los actuales jubilados. Tiene su origen en una decisión tomada durante el gobierno de Lauro Ortega Martínez y se convirtió, para los trabajadores a quienes legalmente corresponde, en una condición laboral que debe analizarse con seriedad jurídica. Otra cosa es que, con el paso del tiempo, se haya extendido indebidamente a altos funcionarios o personas que no pertenecían a la base trabajadora. Esos excesos deben corregirse, pero sin utilizar esa corrección como pretexto para reducir los derechos de todos.
El gobierno debe dejar de enfrentar a jubilados contra ciudadanos, o a trabajadores activos contra pensionados. También debe evitar la tentación de escoger interlocutores cómodos para después anunciar que existe consenso. Un acuerdo firmado solamente con organizaciones minoritarias no resolverá el conflicto con los sindicatos fuertes de los tres poderes.
La solución requiere capacidad política, transparencia y sensibilidad. Debe realizarse una auditoría individual de las pensiones presuntamente irregulares; publicarse un estudio actuarial independiente, con proyecciones de largo plazo; garantizarse por escrito la no retroactividad, y abrirse una negociación en la que participen verdaderamente los representantes de los trabajadores.
Aún existe oportunidad de evitar una confrontación mayor. Pero para lograrlo el gobierno debe comprender que no está negociando privilegios, sino el futuro de personas que entregaron buena parte de su vida al servicio público. Las finanzas pueden corregirse; la confianza, cuando se pierde por completo, resulta mucho más difícil de recuperar. ¿NO CREE USTED?






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