En Morelos existen grupos de artistas formados alrededor de maestros, talleres y escuelas. Muchos desean participar y presentar su trabajo, pero encuentran una autoridad cerrada, sin comunicación y sin capacidad para convocarlos. Pareciera que solamente cuentan quienes pertenecen al círculo oficial, que estudian en el Centro Morelense de las Artes o mantienen alguna relación con quienes administran actualmente la cultura
El Centro Morelense de las Artes ha cumplido una función importante, y entre sus maestros y alumnos hay personas valiosas. Sin embargo, no puede convertirse en la única referencia cultural del estado. La cultura morelense es mucho más grande que una institución. Fuera de ella existen creadores experimentados, algunos con trayectorias de décadas, que no son escuchados ni invitados a participar. También debemos reconocer la ausencia de figuras como Jorge Cázares, Javier Alejo o Maida Prado, artistas que dejaron escuela y contribuyeron a formar generaciones. Actualmente muchos de sus alumnos imparten clases, lo cual es positivo, pero resulta insuficiente para sostener por sí solo toda la vida artística de Morelos. El estado ya tuvo funcionarios culturales de gran nivel. Por el antiguo Instituto de Cultura, hoy convertido en secretaría, pasaron personalidades como Ricardo Guerra, Martha Ketchum y Mercedes Iturbe, quienes poseían preparación, experiencia y reconocimiento no solo nacional sino internacional. Adalberto Ríos Szalay, el gran fotógrafo, también realizó una labor extraordinaria y consiguió que la Banda de Tlayacapan, de los hermanos Santa María, recibiera el Premio Nacional de Ciencias y Artes.
Los antecedentes mencionados demuestran que Morelos puede contar con una política cultural de altura cuando las responsabilidades se entregan a personas que conocen el tema, respetan a los creadores y comprenden la dimensión social de su trabajo. Llegar a un cargo no consiste únicamente en ocupar una oficina. Quien representa la cultura del estado debe prepararse, conocer el ambiente artístico, cuidar su presencia pública y ofrecer una imagen digna hacia el exterior. La cultura requiere sensibilidad, conocimiento y capacidad de diálogo. No puede improvisarse ni administrarse como si se tratara solamente de organizar ferias, tianguis o desfiles. Las fiestas tradicionales, las artesanías, las danzas, la gastronomía y las costumbres populares son fundamentales, pero no representan la totalidad de la cultura; también forman parte de ella el pensamiento, la ciencia, la literatura, la música, la pintura, la arquitectura, la memoria histórica, el teatro y todas las expresiones mediante las cuales una sociedad se reconoce y se transforma.
Las evidencias del abandono están a la vista. Nuestros museos permanecen vacíos. Se anuncian (dicen) exposiciones que casi nadie conoce y a las que asisten únicamente funcionarios, invitados y personas cercanas a los organizadores. No existe una estrategia seria para atraer públicos, formar espectadores y convertir los recintos culturales en lugares vivos. Una exposición no cumple su propósito solamente porque se realice una ceremonia inaugural y se publique una fotografía oficial.
La ausencia cultural también se percibe en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Faltan conciertos, exposiciones, conferencias y actividades permanentes capaces de reunir a estudiantes, maestros y sociedad. La universidad debería ser uno de los principales motores de la cultura estatal, pero tampoco está ocupando plenamente ese espacio. Ante este vacío, las iniciativas ciudadanas intentan sostener la incipiente vida cultural. El próximo día 3 se realizará la gala de Amigos de la Música, cuyo propósito es reunir recursos para que Cuernavaca pueda continuar disfrutando de la ópera desde el Met de New York. Son los propios aficionados quienes aportan el dinero para sostener estas presentaciones, prácticamente sin intervención gubernamental.
Su esfuerzo es admirable, pero también evidencia el abandono oficial, sólo el Centro Cultural Teopanzolco coopera con lo mínimo. Algo semejante ocurre con las bandas de viento, como la que recientemente escuchamos de Puente de Ixtla. Son esfuerzos valiosos surgidos desde las comunidades, aunque muchas veces avanzan solos, sin formar parte de un verdadero proyecto cultural estatal. Las consecuencias de esta situación son graves. Los artistas pierden espacios y oportunidades; los públicos se alejan de los recintos culturales; los museos se vuelven lugares vacíos y sólo se llenan para actos oficiales; las nuevas generaciones carecen de referentes y programas permanentes; y la sociedad pierde una herramienta fundamental para fortalecer su identidad y enfrentar la inseguridad, la violencia y la descomposición social. La cultura no es un lujo reservado para unos cuantos. Un niño que encuentra un instrumento musical, un libro, un pincel o un escenario descubre también una posibilidad distinta para su vida. Por eso, marginar a los artistas significa limitar las oportunidades de toda la comunidad.
La autoridad debe acercarse a los grupos existentes, abrir convocatorias transparentes y escuchar a los artistas de todas las regiones. Es necesario construir una agenda permanente de conciertos, exposiciones, teatro, literatura y cine; mantener museos abiertos y atractivos; impulsar programas culturales en barrios y municipios; fortalecer la participación de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos; y crear espacios para los nuevos talentos sin excluir a quienes poseen una trayectoria reconocida. También se requiere una política que articule las expresiones tradicionales con las disciplinas artísticas, científicas y humanísticas. Las fiestas, artesanías, danzas y costumbres deben recibir apoyo, pero sin reducir la cultura a ferias, tianguis o desfiles. Morelos necesita una visión amplia, profesional y de largo plazo.
Morelos no carece de artistas ni de público. Carece de apertura, dirección y voluntad. Es urgente que la Secretaría de Cultura deje de trabajar para el gobierno y comience a trabajar para toda la gente del estado. La cultura debe salir de las oficinas, recuperar los museos, regresar a las universidades, llegar a los municipios y reencontrarse con la sociedad, porque un gobierno que margina a sus artistas no solamente abandona la cultura, también renuncia a una de las mejores herramientas que tiene para reconstruir a su comunidad. ¿No cree usted?


