En tiempos cuando la política parece reducirse a una disputa por el reparto inmediato de recursos, vale la pena mirar hacia atrás, hacia la historia, para preguntarnos por qué no hemos sido capaces de replicar modelos de liderazgo verdaderamente eficaces. Uno de ellos es el del emperador romano Trajano, nacido en la antigua Hispania —lo que hoy es Andalucía—, cuyo gobierno es considerado uno de los más exitosos en la historia del Imperio Romano.
Trajano no fue un populista. No gobernó para la popularidad inmediata ni para la gratificación electoral de corto plazo. Gobernó con visión de Estado. Durante su mandato, Roma alcanzó su máxima expansión territorial, pero más importante aún, consolidó una administración eficiente, una economía sólida y una política social que no consistía en regalar recursos sin rumbo, sino en generar condiciones para el desarrollo.
Hoy, en contraste, observamos gobiernos que parecen apostar por una lógica distinta consistente en quitar a quienes han trabajado durante años, a quienes han construido patrimonio, para repartir sin orden ni estrategia. Programas sociales sin evaluación clara, subsidios que no necesariamente generan movilidad social y una narrativa que premia la dependencia más que el esfuerzo. Se trata de una política que, aunque puede resultar rentable electoralmente, es profundamente cuestionable en términos de desarrollo a largo plazo.
Trajano entendía algo fundamental: el papel del Estado no es sustituir al individuo, sino fortalecerlo. Su política de alimenta, por ejemplo, no era un simple reparto asistencialista. Era un sistema que apoyaba a niños pobres, sí, pero financiado a través de mecanismos productivos, vinculados a la tierra y al crédito. Es decir, no se trataba de regalar dinero, sino de integrar a los sectores vulnerables en un esquema económico sostenible.
Además, invirtió en infraestructura de manera decidida. Caminos, puentes, acueductos. Obras que no sólo embellecían al imperio, sino que facilitaban el comercio, la movilidad y el crecimiento económico. Cada denario invertido tenía el propósito claro de fortalecer la estructura productiva de Roma. Hoy, en cambio, muchas veces vemos obras sin planeación integral, decisiones improvisadas y recursos destinados más a proyectos simbólicos que a soluciones estructurales.
Pero hay un elemento adicional que pocas veces se menciona: la confianza. En la época de Trajano, el ciudadano romano —con todas las limitaciones propias de su tiempo— podía prever una cierta estabilidad en las decisiones del gobierno. Había reglas claras, respeto relativo a la propiedad y una administración que, en términos generales, buscaba eficiencia. Esa confianza es el cimiento de cualquier economía dinámica. Sin ella, la inversión se detiene, el emprendimiento se inhibe y la sociedad entra en una lógica de sobrevivencia, no de crecimiento.
En la actualidad, cuando las señales del gobierno son contradictorias, cuando se castiga el éxito o se estigmatiza al que produce, el mensaje es devastador: no vale la pena esforzarse. Y ése es quizás el mayor daño de una política basada en el reparto sin estrategia. No sólo compromete las finanzas públicas, sino que erosiona la cultura del trabajo y del mérito.
La pregunta es inevitable, ¿por qué no tenemos líderes como Trajano? ¿Por qué no vemos gobiernos que piensen en el bien común más allá del cálculo político inmediato?
Parte de la respuesta radica en la falta de visión y, en muchos casos, de valentía. Es más fácil repartir dinero que construir oportunidades. Es más sencillo generar dependencia que impulsar autonomía. Formar ciudadanos productivos requiere inversión en educación, capacitación, emprendimiento y un entorno económico estable. Pero eso no siempre da votos rápidos.
También hay un problema de narrativa. Se ha instalado la idea de que la justicia social pasa necesariamente por quitar a unos para dar a otros, cuando la verdadera justicia debería centrarse en generar riqueza y oportunidades para todos. No se trata de abandonar a los más vulnerables, sino de apoyarlos de manera que puedan valerse por sí mismos, como lo entendió Trajano hace casi dos mil años.
El legado de Trajano no es sólo histórico, es profundamente actual. Nos recuerda que el buen gobierno no consiste en regalar, sino en construir. No en dividir, sino en integrar. No en pensar en la próxima elección, sino en la próxima generación.
México —y en particular nuestros estados— necesita líderes con esa visión. Pero también necesita ciudadanos que la exijan. Porque el cambio no vendrá únicamente desde el poder, sino desde una sociedad que deje de conformarse con lo inmediato y comience a demandar políticas públicas de largo alcance.
¿Por qué no Trajano? Tal vez porque exige más. Más inteligencia, más responsabilidad y, sobre todo, más compromiso con el bien común. Y, justamente, hoy más que nunca deberíamos aspirar a ello. ¿No cree usted?


