VIVENCIAS CIUDADANAS – ¿POR QUÉ NO TRAJANO?

Por Teodoro Lavín León

En tiem­pos cuando la polí­tica parece redu­cirse a una dis­puta por el reparto inme­diato de recur­sos, vale la pena mirar hacia atrás, hacia la his­to­ria, para pre­gun­tar­nos por qué no hemos sido capa­ces de repli­car mode­los de lide­razgo ver­da­de­ra­mente efi­ca­ces. Uno de ellos es el del empe­ra­dor romano Tra­jano, nacido en la anti­gua His­pa­nia —lo que hoy es Anda­lu­cía—, cuyo gobierno es con­si­de­rado uno de los más exi­to­sos en la his­to­ria del Impe­rio Romano.

Tra­jano no fue un popu­lista. No gobernó para la popu­la­ri­dad inme­diata ni para la gra­ti­fi­ca­ción elec­to­ral de corto plazo. Gobernó con visión de Estado. Durante su man­dato, Roma alcanzó su máxima expan­sión terri­to­rial, pero más impor­tante aún, con­so­lidó una admi­nis­tra­ción efi­ciente, una eco­no­mía sólida y una polí­tica social que no con­sis­tía en rega­lar recur­sos sin rumbo, sino en gene­rar con­di­cio­nes para el desa­rro­llo.

Hoy, en con­traste, obser­va­mos gobier­nos que pare­cen apos­tar por una lógica dis­tinta con­sis­tente en qui­tar a quie­nes han tra­ba­jado durante años, a quie­nes han cons­truido patri­mo­nio, para repar­tir sin orden ni estra­te­gia. Pro­gra­mas socia­les sin eva­lua­ción clara, sub­si­dios que no nece­sa­ria­mente gene­ran movi­li­dad social y una narra­tiva que pre­mia la depen­den­cia más que el esfuerzo. Se trata de una polí­tica que, aun­que puede resul­tar ren­ta­ble elec­to­ral­mente, es pro­fun­da­mente cues­tio­na­ble en tér­mi­nos de desa­rro­llo a largo plazo.

Tra­jano enten­día algo fun­da­men­tal: el papel del Estado no es sus­ti­tuir al indi­vi­duo, sino for­ta­le­cerlo. Su polí­tica de ali­menta, por ejem­plo, no era un sim­ple reparto asis­ten­cia­lista. Era un sis­tema que apo­yaba a niños pobres, sí, pero finan­ciado a tra­vés de meca­nis­mos pro­duc­ti­vos, vin­cu­la­dos a la tie­rra y al cré­dito. Es decir, no se tra­taba de rega­lar dinero, sino de inte­grar a los sec­to­res vul­ne­ra­bles en un esquema eco­nó­mico sos­te­ni­ble.

Ade­más, invir­tió en infraes­truc­tura de manera deci­dida. Cami­nos, puen­tes, acue­duc­tos. Obras que no sólo embe­lle­cían al impe­rio, sino que faci­li­ta­ban el comer­cio, la movi­li­dad y el cre­ci­miento eco­nó­mico. Cada dena­rio inver­tido tenía el pro­pó­sito claro de for­ta­le­cer la estruc­tura pro­duc­tiva de Roma. Hoy, en cam­bio, muchas veces vemos obras sin pla­nea­ción inte­gral, deci­sio­nes impro­vi­sa­das y recur­sos des­ti­na­dos más a pro­yec­tos sim­bó­li­cos que a solu­cio­nes estruc­tu­ra­les.

Pero hay un ele­mento adi­cio­nal que pocas veces se men­ciona: la con­fianza. En la época de Tra­jano, el ciu­da­dano romano —con todas las limi­ta­cio­nes pro­pias de su tiempo— podía pre­ver una cierta esta­bi­li­dad en las deci­sio­nes del gobierno. Había reglas cla­ras, res­peto rela­tivo a la pro­pie­dad y una admi­nis­tra­ción que, en tér­mi­nos gene­ra­les, bus­caba efi­cien­cia. Esa con­fianza es el cimiento de cual­quier eco­no­mía diná­mica. Sin ella, la inver­sión se detiene, el empren­di­miento se inhibe y la socie­dad entra en una lógica de sobre­vi­ven­cia, no de cre­ci­miento.

En la actua­li­dad, cuando las seña­les del gobierno son con­tra­dic­to­rias, cuando se cas­tiga el éxito o se estig­ma­tiza al que pro­duce, el men­saje es devas­ta­dor: no vale la pena esfor­zarse. Y ése es qui­zás el mayor daño de una polí­tica basada en el reparto sin estra­te­gia. No sólo com­pro­mete las finan­zas públi­cas, sino que ero­siona la cul­tura del tra­bajo y del mérito.

La pre­gunta es ine­vi­ta­ble, ¿por qué no tene­mos líde­res como Tra­jano? ¿Por qué no vemos gobier­nos que pien­sen en el bien común más allá del cál­culo polí­tico inme­diato?

Parte de la res­puesta radica en la falta de visión y, en muchos casos, de valen­tía. Es más fácil repar­tir dinero que cons­truir opor­tu­ni­da­des. Es más sen­ci­llo gene­rar depen­den­cia que impul­sar auto­no­mía. For­mar ciu­da­da­nos pro­duc­ti­vos requiere inver­sión en edu­ca­ción, capa­ci­ta­ción, empren­di­miento y un entorno eco­nó­mico esta­ble. Pero eso no siem­pre da votos rápi­dos.

Tam­bién hay un pro­blema de narra­tiva. Se ha ins­ta­lado la idea de que la jus­ti­cia social pasa nece­sa­ria­mente por qui­tar a unos para dar a otros, cuando la ver­da­dera jus­ti­cia debe­ría cen­trarse en gene­rar riqueza y opor­tu­ni­da­des para todos. No se trata de aban­do­nar a los más vul­ne­ra­bles, sino de apo­yar­los de manera que pue­dan valerse por sí mis­mos, como lo enten­dió Tra­jano hace casi dos mil años.

El legado de Tra­jano no es sólo his­tó­rico, es pro­fun­da­mente actual. Nos recuerda que el buen gobierno no con­siste en rega­lar, sino en cons­truir. No en divi­dir, sino en inte­grar. No en pen­sar en la pró­xima elec­ción, sino en la pró­xima gene­ra­ción.

México —y en par­ti­cu­lar nues­tros esta­dos— nece­sita líde­res con esa visión. Pero tam­bién nece­sita ciu­da­da­nos que la exi­jan. Por­que el cam­bio no ven­drá úni­ca­mente desde el poder, sino desde una socie­dad que deje de con­for­marse con lo inme­diato y comience a deman­dar polí­ti­cas públi­cas de largo alcance.

¿Por qué no Tra­jano? Tal vez por­que exige más. Más inte­li­gen­cia, más res­pon­sa­bi­li­dad y, sobre todo, más com­pro­miso con el bien común. Y, jus­ta­mente, hoy más que nunca debe­ría­mos aspi­rar a ello. ¿No cree usted?

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