El mundo de mediados de 2006, cuando Ángel Gurría (Tampico, México, 71 años) fue designado jefe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), era otro. Sin saberlo, la economía bailaba sobre una bomba de relojería: el PIB global crecía con ganas (4,4% anual) y el valor de los activos —sobre todo los inmobiliarios— subía como la espuma, ajeno a las tímidas voces de quienes veían insostenible la multiplicación de los panes y los peces en un sistema cada vez más financiarizado.
Dos años después llegaría la quiebra de Lehman Brothers, a la vez epítome y punto de partida de la Gran Recesión. Casi cinco después, la crisis del euro, un terremoto de grandes proporciones que reverberó con especial intensidad sobre los ya de por sí débiles cimientos de los países mediterráneos. Y 14 después, cuando estos aún no habían conseguido cicatrizar las heridas abiertas, la pandemia arrasó los débiles mimbres de la economía mundial, cebándose especialmente con Europa y América Latina y obligando a los poderes públicos a dar el do de pecho para evitar que la recesión mutase en algo peor.
En esas seguimos hoy, cuando Gurría, tras 15 años de mandato como secretario general de la OCDE, reflexiona en alto en sus últimas horas al frente del think tank de los países ricos mientras desayuna en el hotel Palace de Madrid. La conversación se alarga por más de una hora y el café se enfría hasta en dos ocasiones.
La nota precedente contiene información del siguiente origen y de nuestra área de redacción.


