La Selva Lacandona se erige como uno de los mayores fracasos de gobernanza territorial en la historia de México, exhibiendo la devastación de un capital natural invaluable. Este ecosistema, que en 1970 se extendía por más de 1.5 millones de hectáreas, ha sufrido una reducción dramática, quedando actualmente menos de una cuarta parte de su extensión original. La Selva Lacandona fue, y en muchos aspectos sigue siendo, comparable en biodiversidad a la Amazonía. Sin embargo, su historia está impregnada de ciclos de explotación insostenible y una fallida administración pública.
La destrucción comenzó en la década de 1930, cuando el Estado mexicano incentivó la colonización agraria en Chiapas. Terrenos de propiedad pública fueron otorgados a nuevas comunidades y ejidos, lo que abrió las puertas a la explotación forestal desmedida. Este proceso, marcado por la creación de caminos madereros, generó asentamientos caóticos y un avance sostenido de la ganadería y la agricultura de subsistencia, arrasando con un ecosistema rico en biodiversidad.
Una aceleración notable de la destrucción tuvo lugar en los años 70, cuando la Reforma Agraria permitió a 66 familias de la Comunidad Lacandona, originarios de la región, gestionar 314 mil hectáreas. Aunque en 1978 se designó esta zona como Reserva de la Biósfera, la falta de recursos e institucionalidad facilitó la invasión de comunidades indígenas como los tzeltales, choles y tzotziles. La construcción de la carretera Transfronteriza en estos años fue una de las fases críticas que intensificaron la colonización informal.
La llegada del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994 marcó la tercera etapa de esta crisis, incrementando el flujo de invasores. Pese a los esfuerzos de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) por preservar este invaluable recurso natural, los intentos por contener la destrucción fueron finalmente abandonados.
Desde el año 2000 hasta la actualidad, bajo la administración de gobiernos de Morena, se han perpetrado decisiones que han contribuido al deterioro del ambiente. En 2018, se recortaron drásticamente los presupuestos de la CONANP y se suspendieron programas de conservación, mientras que desde SEMARNAT se promovió la colonización de la Reserva con comunidades indígenas. Programas como “Sembrando Vida” incentivaron una deforestación masiva, ofreciendo subsidios que impulsaron aún más la destrucción de la selva. A finales de 2019, la deforestación alcanzó cifras históricas, mostrando un panorama desolador.
La situación se ha visto agravada por un crecimiento explosivo de la población en la región, impulsado tanto por altos índices de fecundidad como por inmigraciones constantes. Esta dinámica poblacional ha contribuido a la degradación ambiental, que se traduce en emisiones acumuladas de CO2 que equivalen a las emisiones anuales de México en su totalidad.
En la actualidad, la violencia, la extorsión y la actividad del crimen organizado dominan la Selva Lacandona, un área que fue percibida como un potencial para el ecoturismo, pero que ha sido incapaz de prosperar en un contexto de abandono y descomposición social.
La Selva Lacandona, un testimonio trágico de la desidia institucional, refleja no solo la historia de su degradación, sino también la de un país que enfrenta enormes desafíos en su búsqueda por un futuro sostenible y justo.
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