Comer fuera de casa se ha vuelto un lujo cada vez más difícil de costear para los mexicanos. En enero, la inflación nacional registró un 3.8%, pero los precios en fondas, loncherías y taquerías se dispararon un 8.5%, superando en más del doble la media nacional, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Este aumento ha impactado profundamente en la canasta alimentaria, especialmente en el sector de alimentos y bebidas consumidos fuera del hogar.
Los dueños de pequeños negocios apuntan a diversos factores que explican estos incrementos: el costo cada vez más alto de insumos, rentas elevadas, y un clima de inseguridad creciente que ha obligado a los establecimientos a invertir en medidas de seguridad. Por ejemplo, Carlota, propietaria de una fonda, ha aumentado los precios de su menú hasta en un 20%, citando el aumento en costos de productos básicos como el jitomate, el pollo y los refrescos.
La situación se agrava, como relató Maribel, otra propietaria, quien tuvo que cerrar su fonda el año pasado porque las rentas crecían anualmente, haciendo insostenible su operación sin ajustes continuos en los precios. Hernán, un empleado de café, describió cómo su jefe ha tenido que implementar medidas de seguridad más estrictas debido a la delincuencia y, como consecuencia, cerrar más temprano.
Los datos muestran que las ventas en el sector de restaurantes han descendido entre un 20% y 25% en meses recientes. Cuauhtémoc Rivera, presidente de la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (ANPEC), ha señalado que la inseguridad, específicamente el delito de extorsión, es un factor que erosiona la economía y alimenta la inflación, ya que afecta la capacidad emprendedora de la población.
Los consumidores también han notado el impacto de estas alzas de precios. Armando, quien suele desayunar chilaquiles en un restaurante habitual, se llevó una sorpresa al ver que el precio de su desayuno había subido de 150 a 190 pesos, un 27% más, y el costo de un refresco alcanzó los 55 pesos. Rodolfo expresó su frustración al notar que el precio de su orden de tacos había pasado de 60 a 75 pesos, un aumento del 25%.
Con el regreso de las familias a los restaurantes tras la pandemia de Covid-19, el gasto promedio trimestral por hogar para comer fuera se elevó a 3,896 pesos en 2024, un 19.2% más que hace dos años. Este monto representa un 21.8% del gasto total en alimentos, bebidas y tabaco, según la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH). Sin embargo, este gasto varía significativamente entre los diferentes niveles socioeconómicos, donde los hogares de menores ingresos destinan solo un 9.4% de su presupuesto a estos gastos, frente al 36% de los más acomodados.
En este contexto desafiante, los mexicanos han tenido que reevaluar cómo y dónde gastan su dinero en comida fuera de casa. La combinación de inflación, costos crecientes y factores externos ha transformado la experiencia de comer en la calle en un privilegio cada vez más limitado.
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