Estados Unidos ha vuelto a centrar su atención en las supuestas pruebas nucleares de China, específicamente en el desierto de Lop Nor, al noreste del país asiático. El 18 de febrero de 2026, un alto funcionario del Departamento de Estado estadounidense presentó datos sísmicos que refuerzan la acusación de que Pekín habría llevado a cabo una prueba nuclear de bajo rendimiento en junio de 2020, a pesar de su supuesta adherencia al Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares.
Según el informe de Washington, una estación de monitoreo ubicada en Kazajistán registró el 22 de junio de 2020 un evento sísmico de magnitud 2.75, que, según el subsecretario de Estado Christopher Yeaw, indica que China realizó una explosión nuclear en esa fecha, situando el epicentro en las proximidades de Lop Nor. Este lugar es históricamente significativo, ya que fue donde China detono su primera bomba atómica en 1964 y su primera bomba de hidrógeno poco más de dos años después, como parte de su rápida carrera para cerrar la brecha estratégica con Estados Unidos y la antigua Unión Soviética.
Estas acusaciones se producen en un contexto complejo de vacío jurídico tras la expiración del tratado New START, el cual había limitado los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia por más de una década. Con ese marco de control debilitado, la administración de Donald Trump había instado a Pekín a unirse a una negociación tripartita junto a Rusia, aunque el arsenal nuclear de China, aunque en expansión, sigue siendo mucho más pequeño que los de las dos potencias nucleares mencionadas.
De acuerdo con el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), en 2024 China contaba con alrededor de 600 ojivas nucleares, mientras que Estados Unidos y Rusia poseían más de 3,700 y 4,300, respectivamente. Esta cifra representa un aumento notable, ya que en 2012, el año en que Xi Jinping asumió el poder, China solo tenía 240 ojivas. Si continua esta tendencia, se estima que el país asiático podría alcanzar o superar las 1,000 ojivas hacia 2030, a partir de informes del Pentágono que analizan imágenes satelitales de la construcción de nuevos silos para misiles balísticos intercontinentales.
Por otro lado, China ha negado las acusaciones de haber realizado nuevas pruebas nucleares. Los funcionarios chinos afirman que su país respeta la moratoria internacional vinculada al Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares, firmado en 1996, aunque aún no ha entrado en vigor debido a la falta de ratificaciones cruciales. China firmó el tratado pero nunca lo ha ratificado formalmente, al igual que Estados Unidos, aunque ambos países sostienen que cumplen las disposiciones de manera de facto.
Entre 1964 y 1996, China efectúo 45 pruebas nucleares, la última en el mismo año en que se abrió la firma del CTBT. Este tratado prohíbe cualquier explosión nuclear de rendimiento significativo, aunque permite ensayos subcríticos y experimentos con material fisible que no causen reacciones nucleares autosostenidas. Sin embargo, la delgada línea divisoria entre estas categorías es complicada y, en especial, difícil de verificar cuando se trata de explosiones pequeñas.
Funcionarios estadounidenses continúan insistiendo en que China podría estar utilizando técnicas para ocultar la firma sísmica de sus potenciales pruebas nucleares, haciendo detonar explosiones en cavidades subterráneas previamente excavadas para suavizar las ondas sísmicas generadas. Este desarrollo resalta la creciente tensión en el panorama nuclear mundial y las incertidumbres que rodean la capacidad de verificación de los acuerdos internacionales existentes.
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