Las ciudades mexicanas enfrentan un desafío crítico que impacta en la vida cotidiana de millones. La infraestructura urbana actual ha generado una “pobreza de tiempo”, especialmente para quienes se encargan del cuidado de niños, adultos mayores o familiares enfermos. Según un informe reciente, los traslados en áreas periféricas, como la Ciudad de México, pueden ser un 25 a un 60% más largos que en las zonas centrales. Esta situación destaca la escasez de tiempo, un recurso invaluable para todos, pero aún más para los cuidadores.
Fátima Masse, cofundadora de Noubi Advisors, resalta que este trabajo no remunerado representa una impactante cifra: el 26.3% del Producto Interno Bruto de México. La relevancia de esta labor es innegable, pero su efectividad está sujeta a la calidad de la infraestructura urbana, un aspecto que a menudo resulta deficiente en las ciudades mexicanas. La planificación y el diseño urbano no solo tienen implicaciones económicas, sino que también juegan un papel significativo en la desigualdad social.
La investigación revela que las personas cuidadoras son susceptibles a un patrón emocional caracterizado por la frustración y el agotamiento. Esta situación surge de la acumulación de pequeñas fallas en la infraestructura que deterioran su calidad de vida. Desde esperar más segundos en un semáforo hasta la falta de estacionamientos adecuadamente ubicados, el diseño ineficaz de las ciudades se convierte en un conjunto de obstáculos cotidianos que complican aún más sus responsabilidades.
La carga del cuidado recae desproporcionadamente en las mujeres, que constituyen el 76% de las 31.7 millones de personas que realizan estas labores en el país. Según el Inegi, ellas dedican 12 horas semanales más a estas tareas en comparación con sus contrapartes masculinas. Esta desigualdad influye en sus decisiones económicas y en su impacto en el mercado laboral, limitando sus oportunidades de crecimiento y permanencia.
La planificación urbana con un enfoque de cuidado es, desde esta perspectiva, crucial para fomentar la autonomía femenina. Optimizar el diseño de las ciudades y la movilidad es, a su vez, un camino para ofrecer tiempo y alivio a quienes se dedican al cuidado. La falta de especialistas en esta área dentro de las entidades gubernamentales agrava la situación, pues a menudo los tomadores de decisiones no valoran adecuadamente las implicaciones que tienen las intervenciones basadas en datos.
Avanzar hacia un modelo urbano más justo requerirá no solo una nueva visión sino también la asignación de recursos dentro de la agenda política. Ni las calles, ni el transporte, ni los espacios públicos deben ser pensados desde una perspectiva clásica que olvide las necesidades de un público diverso, como los ancianos, los niños y las personas con discapacidades.
Es imperativo que, para responder a esta problemática, se replantee el diseño de nuestras ciudades, teniendo en cuenta las realidades de quienes cuidan y las brechas que perpetúan la desigualdad. Intervenciones que logren reducir incluso un 10% del tiempo que se dedica a las tareas de cuidado podrían traducirse en beneficios significativos para la sociedad, estimados en 179,280 millones de pesos anuales. La carrera por un futuro urbano más equitativo y funcional comienza aquí, en la función esencial del cuidado.
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