En 2022, Monterrey se enfrentó a la crisis hídrica más grave en generaciones, resultante de una combinación letal de sequía, sobreexplotación de los mantos acuíferos y falta de planificación en infraestructura. Las imágenes desgarradoras de personas haciendo largas filas con cubetas y garrafones se multiplicaron en medios y redes sociales, mostrando la desesperación de una población rebasada por las circunstancias.
Avanzando a 2026, la ciudad de Guadalajara atravesó su propio episodio crítico. No por escasez, sino por la calidad del agua. El suministro estaba presente, pero en condiciones deplorables; el agua aparecía turbia y con un olor insoportable, afectando a decenas de miles de residentes en aproximadamente 200 colonias. La indignación en redes sociales, bajo el hashtag “Agua Puerca,” llegó hasta el gobernador Pablo Lemus, quien tomó la drástica decisión de suspender el suministro de agua proveniente del Lago de Chapala y de la presa de Las Pintas.
La solución propuesta implica la ampliación de una planta de tratamiento y la realización de obras que debieron iniciarse hace décadas. A partir de ahora, los guadalajareños tendrán que adaptarse a una reducción del 30% en su suministro de agua, con la implementación de un sistema de rotación de servicio, comúnmente conocido como “tandeo,” mientras se resuelve la crisis.
Monterrey y Guadalajara son solo ejemplos de un problema más amplio que amenaza a varias zonas metropolitanas de México. San Luis Potosí experimentó una crisis similar hace tres años, con 70% de su población afectada; sin embargo, pocos fuera de esa entidad se dieron cuenta de la gravedad de la situación. El Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA) ha señalado que otras áreas metropolitanas, como Tijuana, Mexicali, Saltillo y la Zona Metropolitana del Valle de México, enfrentan condiciones críticas en cuanto a su suministro de agua.
Cada una de estas urbes tiene planes de crecimiento ambiciosos, todos ellos dependientes de un recurso vital: el agua. La calidad de vida, la competitividad y la atracción de inversiones están en juego, pero las infraestructuras actuales son deficientes. Un alarmante 40% del agua se pierde en las ciudades debido a tuberías deterioradas, y se carece de capacidad para almacenar el agua de lluvia, desperdiciándose así un recurso que podría ser aprovechado. A nivel nacional, solo el 30% de los litros de agua residual recolectados se trata adecuadamente, una situación que agrava aún más el panorama.
La necesidad de un cambio cultural es apremiante. En México, no se valora la importancia del agua ni se practica su cuidado y reutilización. La infraestructura hídrica existente, legado del siglo pasado, necesita mantenimiento y posiblemente reconstrucción, un proceso que conlleva un costo elevado. El presupuesto anual de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) es insignificante en comparación con el gasto de otras instituciones; es solo una cuarta parte de lo que se asignaba en 2017.
De cara al futuro, la crisis hídrica podría intensificarse. La llegada de fenómenos como El Niño puede traer tanto inundaciones como sequías. Algunas ciudades podrían vivir una experiencia similar a la de Monterrey en 2022, mientras otras enfrentarán la calidad del agua, como ha ocurrido en Guadalajara en 2026. No existen soluciones mágicas ni baratas. La situación demanda un presupuesto público adecuado, la formación de especialistas, un cambio cultural en la percepción del agua y la adopción de tecnologías avanzadas. Las decisiones que se tomen hoy determinarán el destino de nuestras ciudades. ¿Realmente queremos esperar a que la crisis nos alcance nuevamente?
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