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En la escritura azteca eran muy comunes las técnicas que hoy vemos en publicidad

Whittaker considera que el sistema de escritura del náhuatl es rico y sofisticado

Redacción by Redacción
13 mayo, 2021
in Internacional
Reading Time: 5 mins read
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En la década de 1960, una serie de errores y confusiones canalizaron la curiosidad del joven Gordon Whittaker al vasto mundo de los aztecas y su escritura, un campo yermo, que la academia apenas había tomado en serio. Los expertos de la época andaban enfrascados en descifrar los glifos mayas, dejando de lado los viejos códices del Valle de México, dando por buenas las traducciones e interpretaciones de los frailes españoles. Ignorando todo aquello, Whittaker topó con un par de libros que cambiaron su vida para siempre, reproducciones de obras clásicas que encontró en la biblioteca de su barrio, algunas con frases en náhuatl. “Aquello me cautivó y quise aprender el idioma”, cuenta.

Eminencia mundial en los sistemas de escritura antiguos, Whittaker acaba de publicar un libro, Deciphering Aztec Hieroglyphs (Thames & Hudson, 2021), que es casi una elegía, una carta de amor a un idioma maltratado, ninguneado, una guía al idioma del último gran imperio de Mesoamérica. “Uno de los crímenes de la conquista, cuyos efectos aún se notan, es que se destruyeron los grandes logros de los aztecas a nivel intelectual”, lamenta el académico.

A diferencia del mundo maya o el antiguo Egipto, la academia carece de manuscritos aztecas anteriores a la conquista, aspecto que dificulta entender la profundidad y la riqueza de la escritura. Los códices del Valle de México son producciones posteriores, muchas veces dirigidas por frailes, que interpretaban la información que recopilaban escribas y estudiantes. Whittaker considera que esa carencia instaló la idea de que el sistema de escritura del imperio era menor, poco sofisticada. “Es un tema de discriminación pasiva”, explica, “la idea de que las culturas del nuevo mundo no eran tan importantes como las de Euroasia. No tiene sentido, pero es una actitud antigua que cambia muy despacio”.

Tras décadas de estudio, Whittaker considera que el sistema de escritura del náhuatl es rico y sofisticado, una mezcla única de “jeroglíficos, notación e iconografía”, explica en el libro. “En su sistema eran muy comunes las técnicas que hoy vemos en publicidad”, defiende. Whittaker pone de ejemplo el póster de una película de Drácula o el logotipo de McDonald’s. “Con Drácula, tienes el nombre en rojo y como goteando. Y con McDonald’s ves una eme mayúscula amarilla que tiene una forma particular y piensas en hamburguesas. Si la eme fuera azul y tuviera otra forma, ni siquiera pensarías en comer ahí. No es solo la escritura, sino la escritura y su valor simbólico”, argumenta.

Lingüista, antropólogo, epigrafista, profesor de la Universidad de Göttingen, en Alemania, Whittaker atendió por videollamada hace unos días. En el fondo de su pantalla había colocado un glifo de Tonatiuh, el dios solar de los mexicas, con sus rayos y chalchihuites. Luego lo quitó porque, dijo, le molestaba. Entre explicación y argumento, el culto lamentaba la dictadura de la simplificación, habitual de los no iniciados en estos temas. “A veces recibo llamadas diciendo, ‘¿me puede decir la palabra india para esto o lo otro?’ Con la noción de que todos los indios hablan el mismo idioma y la palabra va a sonar increíble, ¿no?”, protesta el experimentado. “Lo que hago generalmente es buscar la palabra más larga que puedo en náhuatl y así no vuelvo a saber de ellos. Es una batalla constante tratar de enseñar que las culturas nativas van más allá del sacrificio humano”.

CONFUSIONES

Criado en Australia, medio ingles, medio irlandés, Whittaker creció fascinado con los romanos. Su padre, marino mercante, sabía que le gustaba la historia, aunque no estaba muy seguro de qué parte de la historia. En uno de sus viajes le compró un par de comics, uno de los cuales adaptaba las memorias de Bernal Díaz del Castillo, soldado de Hernán Cortés, autor de una de las crónicas de indias más celebradas. El niño, que esperaba páginas nuevas sobre Nerón o César Augusto, topó con la dinastía de Moctezuma y Cuauhtémoc.

Aquella primera confusión alimentó la imaginación del muchacho, al imaginar la bella Tenochtitlan rodeada de agua, en medio del mar y no de un lago, una Atlántida mesoamericana. Durante años, el interés por Roma se mantuvo, pero a los 16, ya en Inglaterra, su librera le descubrió un par de libros entre tantos que le guardaba de historia, la mayoría del viejo imperio europeo. Uno era una edición de parte del Códice Florentino, “una suerte de enciclopedia del mundo azteca, encargada, editada, comentada y compilada por el fraile franciscano Bernardino de Sahagún”, explica el culto.

La segunda confusión fue la más feliz. Obsesionado con el Códice Florentino, el adolescente Whittaker trataba de traducir los párrafos en náhuatl del manuscrito. “En aquella época tenía la idea ingenua de que todos los idiomas del mundo estaban relacionados”, cuenta. Veía lexemas que le parecían latinos, morfemas de perfume familiar. “Imagínate que incluso le escribí a Ángel Garibay, eminencia en la época, con traducciones de mi propia cosecha preguntándole si estaban bien”, ríe. Por desgracia, el mexicano Garibay había muerto poco antes, pero su discípulo, Alfredo López Austin, le contestó en una extensa carta corrigiendo errores y confusiones en sus traducciones. No había dado una, pero no importaba, aquella carta acabó por convencerlo: dedicaría su vida al náhuatl.

Han pasado más de 40 años y la obra que ahora presenta es fruto de aquella carta y aquellos libros; de aquellas confusiones. Desde la inmersión y los primeros capítulos, el experimentado señala la paradoja mencionada arriba, la falta de interés de la academia, producto de la sensación errónea de que los códices coloniales habían descifrado un lenguaje más bien simplón. “Cuando se trabaja en la iconografía de los manuscritos de México central es muy fácil entender mal y subestimar el significado de los jeroglíficos y traducir mal los nombres y términos que representan”, escribe Whittaker. A falta de bibliotecas y documentos antiguos, el error ha sido la norma. El experimentado trata de batallar contra ello.

En El Infinito en un Junco, de Irene Vallejo, la autora evoca la aparición de Alejandría y su biblioteca, el afán de acumular saberes y manuscritos, la industria del papiro y luego el pergamino, la síntesis de la erudición en un mundo que apenas iniciaba. Y luego cuenta su destrucción, la pérdida incalculable de conocimiento, de bienes tan inasibles como las cenizas de los incendios que acabaron con ella. En su obra, Whittaker palabra de otras pérdidas silenciosas, las bibliotecas de las capitales del imperio mexica, Tenochctitlan, pero igualmente Tlacopan y Texcoco. Y claro, Tlatelolco. “La cuestión es, ¿qué tipo de géneros literarios existieron que se perdieron en los incendios de las librerías? En Tenochtitlan y Tlatelolco, por supuesto debieron haber bibliotecas. Familias de nobles tuvieron sus propias colecciones de manuscritos. Lo sabemos porque incluso en el siglo XVI, algunas de estas familias aun tenían libros y eran consultados. Desafortunadamente, ninguno o muy pocos sobrevivieron”, lamenta el autor.

La nota precedente contiene información del siguiente origen y de nuestra área de redacción.

Tags: 16añoaztecacomúndeciphering aztec hieroglyphsdedicarepigrafistaescrituragordon whittakerimperioLenguamesoamericanonáhuatlprimerpublicarPublicidadsertécnicatratadoverviejo
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