Distraídos por el bullicio de las elecciones anticipadas en España, el debate sobre la meritocracia ha pasado desapercibido para muchos. Un notable estudio en la revista Nature Human Behaviour revela que el apoyo a este concepto en la sociedad española es uno de los más bajos del mundo, situándose entre Kazajistán y Kenia. Este resultado sorprende especialmente en un contexto en el que se ha discutido intensamente la meritocracia, objeto de severas críticas, especialmente desde la izquierda académica. La reciente publicación de Nadie merece nada, un ensayo de la filósofa Jahel Queralt, agrega otra capa de profundidad a esta discusión.
Los autores del estudio, Alexander Cappelen y Bertil Tungodden, de la Escuela Noruega de Economía, empiezan con una premisa: la meritocracia, que suele justificarse como base de la desigualdad, permite que los que más rinden sean recompensados de acuerdo a su esfuerzo. Sin embargo, los datos muestran que, globalmente, la mayoría acepta desigualdades solo si éstas se derivan de un rendimiento superior, rechazando aquellas basadas en la suerte o privilegios heredados. Este análisis pone en relieve tres posturas fundamentales: los meritócratas, que aceptan desigualdades basadas en el rendimiento; los igualitaristas, que buscan eliminar todas las desigualdades, y los libertarios, que aceptan ambas.
Un experimento que involucró a sesenta países revela que el apoyo a la meritocracia es mayor en sociedades más ricas y democráticas, mientras que en España, el apoyo a este ideal es mínimo y se asemeja al de los igualitaristas. La situación es aún más reveladora cuando se compara con países como Alemania o Estados Unidos, donde la preferencia por la meritocracia es notablemente superior.
Las razones detrás de este apoyo limitado a la meritocracia en España son variadas y complejas. A pesar de la existencia de desigualdades económicas, se ha observado que la percepción de una meritocracia efectiva es baja. De hecho, la aceptación de desigualdades parece ir de la mano con la percepción de oportunidades disponibles. Existe un elemento de “familismo amoral” en la cultura española, donde el favoritismo o el nepotismo son vistos como medios aceptables para acceder a empleos y recursos. Esto plantea la pregunta: ¿es España un país poco meritocrático? La idea de que los españoles aceptan desigualdades, independientemente del origen de estas, sugiere que quizás no conocen la verdadera esencia de la meritocracia.
Queralt argumenta que, dado que las personas no son completamente responsables de su situación, hay que diferenciar entre demanda de eficiencia y demanda de justicia. Esto significa que, incluso si alguien es reconocido como el más capacitado para un puesto, su trayectoria puede estar marcada por el azar y circunstancias ajenas a su control.
Una nueva proposición de Queralt implica una “meritocracia sin mérito moral”. En esta visión, se reconoce que las recompensas deben ser moderadas, ya que el mérito no es solo una propiedad individual, sino que está influenciado por factores sociales y económicos. Además, la autora sugiere que es fundamental centrar las políticas en asegurar la igualdad de oportunidades, ya que esto puede legitimar la desigualdad de resultados.
El impacto de estas discusiones sobre la meritocracia va más allá de teorías académicas; afecta cómo se diseñan las políticas públicas. En una España que continúa lidiando con altos niveles de desigualdad, el estudio y las reflexiones sobre la meritocracia se vuelven cada vez más relevantes. La voz de Queralt resuena especialmente en el contexto actual: la meritocracia puede proporcionar beneficios colectivos, pero su implementación requiere un análisis crítico y una inyección de justicia que reconozca las múltiples variables en juego.
A medida que las elecciones se acercan y las discusiones sobre la economía y la justicia social se intensifican, el concepto de meritocracia deberá ser evaluado cuidadosamente. La clave está en equilibrar incentivos económicos y justicia social, creando una sociedad donde las oportunidades no solo sean garantías, sino también accesibles para todos.
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