La situación del sector ganadero en México se ha vuelto crítica en los últimos meses, afectada por una combinación de factores que han generado una notable sobreoferta de carne. La suspensión de exportaciones de ganado a Estados Unidos, debido a la aparición del Gusano Barrenador, ha impactado significativamente la producción local. Según cifras recientes, alrededor de un millón 600,000 becerros quedaron en el país, lo que ha contribuido a elevar la producción de carne a aproximadamente 2.8 millones de toneladas para el 2026.
A este escenario se añade la importación de carne brasileña, con un cupo autorizado de 70,000 toneladas por parte del gobierno federal. Desde abril hasta diciembre de 2026, ya han ingresado 36,000 toneladas de carne de Brasil, lo que ha exacerbado la situación de la cadena productiva nacional. Enrique López, presidente Ejecutivo de AMEG, ha señalado que estos factores han llevado a una caída drástica en los precios de la carne, con el precio del becerro flaco disminuyendo de 86 pesos a 78 pesos por kilogramo, mientras que la carne en canal ha bajado de 125 a entre 110 y 112 pesos.
El efecto de esta sobreoferta es palpable no solo en los precios, sino también en la rentabilidad de los productores. Con el costo de insumos como el maíz y la soya en aumento a nivel internacional, muchos ganaderos enfrentan la difícil realidad de vender carne a precios por debajo de sus costos de producción. Esta situación es particularmente dura para los corrales de engorda, que ahora deben lidiar con animales comprados a precios altos y vendidos a pérdidas.
La preocupación se extiende aún más, ya que la carne brasileña que no logre ingresar al mercado europeo podría ser desviada hacia México, lo que representaría un riesgo adicional para los productores nacionales, que ya enfrentan una competencia desleal. Ante esta grave situación, AMEG ha solicitado a las autoridades competentes que desactiven el cupo de importación, argumentando que actualmente el país tiene suficiente oferta para satisfacer la demanda interna.
El panorama se vuelve más inquietante al considerar que muchos consumidores no están viendo una reducción en los precios al mayoreo, que continúan en torno a los 240 y 250 pesos por kilogramo. A pesar de la disminución en los precios de venta del producto, el beneficio no se traduce en precios más bajos para el consumidor final.
Las repercusiones de esta crisis son regionales y diferenciadas. En el norte de México, estados como Baja California, Sinaloa y Nuevo León se han visto afectados por la imposibilidad de exportar, mientras que en el sur, entidades como Yucatán y Chiapas enfrentan caídas en el precio del ganado. El impacto en los pequeños productores es alarmante, ya que la descapitalización de estos actores puede desestructurar toda la cadena productiva nacional, que abarca desde los ganaderos primarios hasta los distribuidores y detallistas.
Para sortear este panorama, el sector también solicita financiamiento oportuno y competitivo. Mientras que los productores brasileños acceden a tasas de interés de entre el 3 y 7%, en México los costos pueden oscilar entre el 13 y el 20%. Esta diferencia pone en jaque la viabilidad de la producción nacional.
En conclusión, el sector ganadero enfrenta un desafío monumental, crucial no solo para la economía de miles de productores, sino para la estabilidad del mercado alimentario del país. Sin medidas urgentes y efectivas, la situación podría profundizar la crisis en la industria, afectando la producción de carne y el empleo en el campo. La urgencia por una regulación que estabilice el mercado es innegable si se pretende evitar un colapso en este importante sector.
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