Ríos de color morado, cartones convertidos en carteles, mantas transformadas en pancartas, voces cantando consignas y sentimientos convertidos en símbolos. El 8M es una fecha para conmemorar la lucha de las mujeres, y en un país con tanta violencia estas luchas incluyen la necesidad de seguridad, la demanda de espacios seguros y la denuncia de los acosos, abusos y feminicidios. El dolor de las mujeres no se vive solo un día al año: se vive todo el tiempo con miedo traducido en precaución, y el cuidado extremo se ha convertido en hábito. Pero ni aun así se han logrado espacios y ambientes seguros. Por supuesto, no se trata de olvidar las luchas por la justicia social, la equidad de oportunidades y la igualdad de trato en otros ámbitos y contextos sociales; es solo que en México el principal reclamo es el de seguridad.
Desde tempranas horas del 8 de marzo se reúnen contingentes en todas las ciudades del país para hacer recorridos a pie en calles que se vuelven esos ríos morados cuyo sonido no es de agua sino de voces en denuncia, peticiones y demandas. Las imágenes de mujeres de todas las edades con materiales gráficos hechos por ellas mismas son potentes: reclaman algo que es nuestro derecho, vivir en paz y sin miedo. Los carteles, las mantas y las consignas funcionan como dispositivos de comunicación visual llenos de símbolos.
Desde esta perspectiva, el cartel —entendido como el cartón o la cartulina intervenidos con tipografía— no es un objeto menor: es una pieza de diseño que traduce el malestar social en lenguaje visible, recordable y compartible. La estética de la imagen en las marchas del 8M mantiene presentes las luchas y las heridas de las mujeres. Cuando esto sucede, el cartel deja de ser solo texto y se convierte en imagen política. Los materiales utilizados, las tintas y la fabricación desde lo que se tiene al alcance visibilizan una forma de comunicación popular. El 8M pone en evidencia que el diseño aparece en la calle como una forma de intervención simbólica.
Al mismo tiempo, las vestimentas en color morado, los paliacates, los pañuelos y las playeras construyen la protesta misma, adquiriendo un significado explícito y específico en el contexto de las marchas. Se convierten en recursos estético-políticos que visibilizan, cohesionan y dan memoria a la lucha que representan. A esto se suman las expresiones artísticas como performances o canciones que se han vuelto globales y que se interpretan durante las marchas. El 8M comunica ideas y diseña sentido.
El 8M concluye su jornada tras unas horas de marcha y con encuentros en distintos puntos de las ciudades. Sin embargo, la lucha de las mujeres no termina al llegar a un punto del mapa: la demanda por espacios seguros y ambientes no violentos continúa todos los días. Ojalá el 8M solo fuera para conmemorar las luchas por igualdad y equidad, y no para demandar un país y un espacio más seguros. Nos faltan muchas.
Nos vemos pronto para seguir hablando de diseño.


