La reciente decisión de establecer un límite de 40 horas a la semana laboral ha sido recibida con entusiasmo por algunos sectores; sin embargo, esta medida también trae consigo retos significativos. Uno de los problemas más destacados es que esta reforma se produce en un contexto de estancamiento prolongado de la productividad laboral en el país. A su vez, incrementa los costos salariales para las empresas, particularmente las más pequeñas, lo que puede obstaculizar su crecimiento y fomentar la informalidad.
Es ampliamente reconocido en la práctica económica que los costos laborales deben alinearse con la productividad. Si bien los aumentos salariales son beneficiosos, en ausencia de un asociamiento con un aumento en la productividad, pueden tener un impacto nocivo en la economía. Para ilustrar, en 2024, los índices de productividad laboral en México fueron entre un 4% y un 6% inferiores a los de 2018, manteniéndose en niveles similares a los registrados desde 2005. Durante este mismo período, los salarios mínimos reales se incrementaron en un 111% desde 2019, acompañado de mayores contribuciones a planes de pensiones y una ampliación en los días de vacaciones, lo que causó un aumento en los costos laborales de aproximadamente un 60% en términos reales.
La implementación de la semana laboral de 40 horas será gradual, con la meta de completarse en 2030. Sin embargo, muchos empresarios estiman, con razón, que esta transformación deberá ir de la mano con un incremento en la productividad.
Lamentablemente, hasta ahora, los planes gubernamentales no parecen enfocados en fomentar esta productividad. No existe un impulso particular para ayudar a las microempresas, que constituyen el 96% del total y suelen ser menos productivas debido a la escasez de recursos, crédito y prestigio. El contexto actual muestra un gasto en Salud y Educación en el primer trimestre del año que quedó por debajo en un 14% y un 19%, respectivamente, comparado con el mismo período del año anterior.
Investigaciones indican que los aumentos de productividad no siempre se traduce en salarios más altos. Casos de incremento salarial en medio de una caída en la productividad han ocurrido en situaciones específicas o como resultado de políticas gubernamentales, como el establecimiento de un salario mínimo más alto y la implementación de la nueva semana laboral de 40 horas. Esto podría, sin duda, mermar la competitividad del sector productivo.
La transición hacia una semana laboral de 40 horas no será sencilla para la mayoría de las empresas. Actualmente, cerca del 50% de los trabajadores laboran más de 40 horas semanales. Las empresas deberán adoptar distintas estrategias frente a este cambio, que pueden incluir desde la reducción de su producción hasta la contratación de horas extra. En este último caso, el costo laboral para aquellos empleados que trabajen más de 40 horas podría incrementarse en hasta un 40%.
Sin embargo, la mayor carga recaerá sobre las micro y pequeñas empresas, que abarcan el 99% del total (95.5% micro y 3.7% pequeñas), y presentan una productividad laboral de entre tres y cinco veces inferior a la de empresas medianas y grandes. Estas pequeñas empresas son más intensivas en mano de obra, requiriendo un número de trabajadores significativamente mayor en comparación con su capital.
Como resultado, se plantea una preocupación legítima: la semana de 40 horas podría ser insostenible para muchas micro y pequeñas empresas que operan dentro de la formalidad laboral, lo que a su vez complicaría aún más su acceso a esos segmentos del mercado. La adaptación a este nuevo régimen laboral se presenta no solo como un desafío, sino como una prueba crucial para la resiliencia económica de estos sectores.
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