Una voz de mujer joven y judía, la de Simone Weil, habla del encuentro y de la ausencia, de la revelación y del silencio de Dios en una época de desconcierto. En Literatura del siglo XX y cristianismo, Charles Moeller incluye el análisis del pensamiento de Simone Weil en el primer tomo de su obra, subtitulado El silencio de Dios. Aludiendo al existencialismo sartreano, afirma: “Silencio de Dios: otra expresión para significar la absurdidad del universo. ¿Será el hombre una ‘pasión inútil?”.
Dos aspectos concurren para revestir las palabras de Weil de una autoridad especial: su trayectoria vital está inmersa en el contexto de la II Guerra Mundial, a la sombra de Auschwitz, y su reflexión sobre el hecho religioso, a pesar de su sólida formación filosófica, se fundamenta en la experiencia personal.
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La II Guerra Mundial no fue un conflicto bélico más de los que haya sufrido la humanidad. Durante los años cuarenta, se puso de manifiesto cómo la misma direccionalidad de la historia que auguraba un futuro de progreso y de bienestar podía conducir a la autodestrucción. Posibilidad que, una vez acabada la contienda, no ha desaparecido del panorama internacional.
Los desastres de la II Guerra Mundial hicieron patente cómo el avance técnico no siempre va acompañado de un desarrollo ético capaz de garantizar de manera contundente los derechos de los seres humanos. Las palabras de Weil son un testimonio de ese momento que, aún hoy, puede conmover las conciencias, demasiado instaladas, tal vez, en la comodidad de dejarse llevar por el curso de la historia y por una excesiva confianza en el mito del progreso.
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Como otras mujeres de origen judío —Hannah Arendt, Edith Stein, Ana Frank, Etty Hillesum—, Simone Weil fue víctima de la persecución de los nazis. Con la entrada de las tropas alemanas huyó de París, y después de Francia, para evitar caer en manos de la Gestapo. Tuvo que buscar refugio en Estados Unidos y en Inglaterra. Asimismo, se sintió represaliada por su origen étnico al no serle concedida la readmisión en el cuerpo de profesorado de secundaria. Su prematura muerte le impidió conocer hasta dónde llegaron las atrocidades del régimen hitleriano.
Respecto a la cuestión religiosa, Weil no habla ni de la creencia ni de la descreencia desde el vacío, desde la especulación teórica fundamentada en la lectura y los silogismos. Parte de la realidad, mejor dicho, de su experiencia de la realidad. Sus palabras brotan de la propia experiencia, tienen el valor del testimonio, robustecido por la lectura y la reflexión.
Por tanto, Simone Weil habla con la autoridad de aquel que ha visto y oído. Porque ella ha experimentado, además de la vivencia religiosa, el ateísmo. Tiene autoridad para hablar del encuentro con Dios, pero también de su ausencia, vivida tanto desde el agnosticismo como desde la fe. Haber experimentado el silencio de Dios desde estas dos vertientes hace que sus palabras resulten verosímiles.


