Las empresas familiares, columna vertebral de la economía mexicana, enfrentan retos profundos que trascienden el mero contexto económico y político. En medio de incertidumbres, como los cambios radicales en políticas, especialmente bajo la administración de Donald Trump y la influencia de Morena en México, muchas inversiones están detenidas. Sin embargo, hay un fenómeno más complejo causando estragos: el “mal de almohada”.
Este término se refiere a las decisiones vitales que se toman en la intimidad del hogar familiar en lugar de en los espacios formales de la empresa. Este fenómeno es especialmente problemático en un país donde la mayoría de las compañías son familiares. Durante la noche, las conversaciones pueden girar en torno a preocupaciones sobre inversiones y la riqueza de unos y otros, desencadenando conflictos. Los miembros pueden comparar logros y beneficios, lo que acaba generando tensiones, bandos y resentimientos. Sin reglas claras que regulen sus interacciones profesionales, la empresa puede estancarse y, en consecuencia, afectar la economía en general.
Según datos del Inegi, la formación bruta de capital fijo en México ha disminuido un preocupante 3.6% a tasa anual, lo que refleja una clara disminución en inversiones en sectores vitales como tiendas, fábricas y hospitales. Este fenómeno no es aislado: una investigación elaborada por el Tec de Monterrey indica que el 56% de las empresas familiares se encuentran paralizadas en su crecimiento, no por factores externos, sino por su propia falta de estructura. Sin comités formales o procesos sólidos para evaluar nuevas oportunidades, es improbable que estas empresas puedan transformar su potencial simbólico en capital financiero tangible.
Además, el informe revela que el 21% de estas empresas, aunque están orientadas a la creación de nuevos negocios dentro de su giro original, carecen de mecanismos para fomentar a la próxima generación en el liderazgo empresarial. Así, un asombroso 77% de las empresas enfrentan obstáculos significativos en su búsqueda de inversión, resultado de decisiones propias marcadas por emociones y conflictos no resueltos.
En medio de este clima de tensiones, no solo personales, sino también políticas, es urgente establecer un gobierno corporativo que permita aclarar roles y responsabilidades. Este proceso, aunque tedioso, es crucial para minimizar la influencia del “mal de almohada”, permitiendo que las decisiones empresariales se tomen de manera objetiva y documentada, en lugar de quedar atrapadas en el ámbito privado.
La conclusión es clara: para que las empresas familiares prosperen y, con ellas, la economía de México, es necesario cambiar la forma en que se gestionan y toman decisiones. La falta de institucionalización limita no solo el crecimiento de las empresas, sino también el progreso del país en su conjunto. Una inversión estructurada y consciente puede ser la clave para romper con un ciclo de estancamiento que afecta a todos.
Por el bienestar de la economía mexicana y la supervivencia de las empresas familiares, es imperativo que estas se adapten y evolucionen.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


