En 2021, The New York Times tuvo a bien definir con una palabra precisa y contundente el sentimiento. El stresslaxing se caracteriza por la incapacidad de disfrutar del presente (sobre todo de los momentos libres o de descanso) y por una excesiva preocupación por lo que podría ocurrir. A veces está ligado al concepto de workaholic, los adictos al trabajo. Pero afecta todavía más a las personas que tienden a ser ansiosas, o con tendencia a actuar con un alto grado de control sobre las situaciones.
A pesar de que la palabra logró su propia entrada en el Urban Dictionary, el diccionario en inglés más reconocido de la esfera digital y urbana, en agosto de 2020, el concepto no es nuevo. Según un estudio realizado por la Asociación Estadounidense de Psicología, hace casi 40 años, entre el 30% y el 50% de las personas acaban por sufrir stresslaxing cuando quieren relajarse. La psicóloga Ingrid Pistono afirma que el fenómeno, sin ser actual, se ha visto intensificado hoy en día. “En redes sociales se recomiendan cosas como despertarte a las cinco de la mañana para ser más productivo, entrenar como si fueses profesional, cocinar como un chef y ser un padre o madre perfectos. Con tanto que hacer y tanta presión, ¿quién tiene tiempo para pensar en relajarse?”, se pregunta.
Así, la escala de grises se diluye en una cuestión que parece de extremos: ¿produzco o me relajo? En ocasiones, no hay punto medio: o nuestro día a día es una sucesión de tareas encadenadas o relajarse es sinónimo de hastío. Mireia Marín se dedica a la comunicación de moda y describe el stresslaxing como un runrún en la cabeza que no le deja desconectar, pero que tampoco le permite estar presente. “Cuando estoy con alguien, estoy más pendiente de pensar en mis cosas que de estar con esa persona. Quiero que pase rápido el tiempo para poder hacer todo lo que tengo pendiente”, cuenta. Sin embargo, cuando procura tomarse un día de descanso, se aburre con facilidad. Ante esto, la psicóloga Ingrid Pistono reflexiona: “Vivimos en una sociedad que premia el ser altamente productivo y, en paralelo, bombardeamos con las ventajas de practicar el mindfulness y vivir de forma plena cada momento. Creemos que relajarnos es perder el tiempo y nosotros lo que queremos es ganarlo”.
La ansiedad por relajación no afecta a todo el mundo por igual. Las personas que trabajan más horas de las que estipula su jornada laboral, que hacen bandera del multitasking o marcan líneas difusas entre el hogar y el trabajo son más propensas a sufrirlo. Cristina Rabre es gestora de proyectos en una startup de traducción y teletrabaja desde casa. Su función está ligada a fechas de entrega ajustadas y, a pesar de que su labor conforma una pequeña parte de todo el proceso de trabajo, el stresslaxing forma parte de su rutina diaria. “Se cuela hasta cuando estoy tomando algo con mis amigos, haciendo yoga o de vacaciones”, explica. Los momentos en los que más siente que le sucede es cuando procura conciliar el sueño. “Intento relajarme, sobre todo por las noches, cerrando los ojos, controlando la respiración y evitando pensar en aquello que me causa estrés, pero solo puedo pensar en todas las cosas que tengo que hacer el día siguiente y que no he hecho”, afirma. La cántabra reconoce que, a pesar de lograr escapar de esos pensamientos, su cuerpo no lo hace: “Tengo la mandíbula tensada, el ceño fruncido o los hombros contraídos”.
Más que una patología aislada, el stresslaxing es un fenómeno social, como lo fueron la languidez que describía The New York Times –y que más tarde se tornó en florecimiento–, o el ‘modo goblin’ que nos convierte en leprechauns humanoides despreocupados y vagos.
La sociedad actual intenta navegar entre la necesidad de ser productivo, la de refrescar el correo electrónico cada dos minutos y la inercia que empuja a abrir las aplicaciones compulsivamente y cerrarlas tras 20 segundos de scroll. Somos seres inquietos buscando la estimulación constante: de un mensaje de texto, de una agenda bulliciosa o de ocho cursos online. Así, la parada para repostar queda relegada a un segundo plano y el estar en casa se convierte más en un castigo que en una suerte. “Se nos está olvidando cómo aburrirnos y el poder del aburrimiento para pensar y reflexionar”, afirma la psicóloga Teresa Mingo. Ese olvido nos priva de muchas cosas, entre ellas, estar más conectados con nosotros mismos.
¿Cómo podemos volver a la esencia de la vida contemplativa?
Para Ingrid Pistono, la clave está en dejar de normalizar el no tener tiempo e ir derrapando por la vida, coger otro ritmo –más consciente y gratificante– e introducir en la rutina aquello que cada persona sabe que le sienta bien. Una de las entrevistadas para este artículo compartía: “La exigencia es un perrito, o lo paseas tú o te pasea él”. Lo mismo sucede con la perfección o el deseo de éxito. A veces, el primer paso es tan mínimo como dejar de correr cuando se pierde el metro, prestar más atención al relato de las vacaciones de quien se tiene enfrente o replantearse si la producción constante da sentido a nuestras vidas. Aunque nos digan, desde chiquititos, que sí.
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