El reciente e interesante artículo de Jorge Carrillo Olea sobre la reconstrucción de la oposición abre un debate que México no puede seguir postergando. La democracia necesita contrapesos fuertes, serios y creíbles. Ningún país gana cuando una sola fuerza política domina todos los espacios sin una oposición capaz de cuestionar, proponer y vigilar el ejercicio del poder. Sin embargo, la pregunta obligada es: ¿quién puede reconstruir esa oposición?
La respuesta, quizá incómoda para muchos, es que no serán los mismos personajes de siempre.
Durante años hemos visto desfilar a dirigentes partidistas que cambian de discurso según la conveniencia del momento. Son los mismos nombres, los mismos grupos, las mismas disputas internas y las mismas prácticas que llevaron a los partidos tradicionales a perder la confianza ciudadana. Hoy pretenden regresar como si nada hubiera ocurrido, convencidos de que basta con señalar los errores del gobierno para recuperar el respaldo popular.
No parece ser así. La sociedad mexicana ha cambiado profundamente. El ciudadano ya no vota solamente por colores o por siglas. Observa trayectorias, compara resultados y castiga la incongruencia. Quien alguna vez prometió combatir privilegios y terminó beneficiándose de ellos difícilmente podrá presentarse como el rostro de una nueva oposición.
Ese es el gran problema. La oposición quiere renovarse, pero continúa apostando por los mismos liderazgos que la llevaron al descrédito.
Los partidos políticos deben aceptar una realidad que durante mucho tiempo se negaron a reconocer: la confianza se perdió. Y la confianza no se recupera con campañas publicitarias, discursos encendidos o alianzas improvisadas. Se recupera con credibilidad, y la credibilidad comienza por abrir espacio a nuevos perfiles.
México necesita una oposición, sí. Pero una oposición distinta.
No una oposición dedicada únicamente a descalificar al gobierno en turno, sino una capaz de presentar propuestas viables, construir acuerdos y defender causas ciudadanas. Una oposición que represente a quienes producen, trabajan, estudian, investigan y sostienen diariamente al país.
Por ello, el liderazgo difícilmente surgirá de las estructuras tradicionales de los partidos. Tendrá que venir de la sociedad civil.
De universidades, empresarios, académicos, organizaciones sociales, jóvenes, profesionistas, investigadores, campesinos, trabajadores y ciudadanos que nunca han hecho de la política un modo de vida. Personas cuya autoridad provenga de su trabajo y de su prestigio, no de los cargos acumulados durante décadas.
No significa desaparecer a los partidos. En una democracia siguen siendo indispensables. Pero sí significa entender que dejaron de ser los únicos intérpretes de la voluntad ciudadana. Hoy existen organizaciones, colectivos y movimientos sociales capaces de representar causas que los partidos abandonaron hace tiempo.
Mientras los dirigentes partidistas sigan creyendo que ellos solos pueden encabezar la reconstrucción de la oposición, seguirán hablando entre ellos mismos. El ciudadano común observa desde fuera con indiferencia, cuando no con desconfianza.
Y esa desconfianza tiene razones.
Muchos de quienes hoy buscan convertirse nuevamente en referentes políticos fueron parte de gobiernos cuestionados, protagonizaron divisiones internas o simplemente desaparecieron cuando la ciudadanía más necesitaba una defensa firme de sus derechos.
La renovación exige generosidad. Exige que algunos den un paso al costado para permitir el surgimiento de nuevas generaciones y de nuevos liderazgos.
Porque el objetivo no debe ser rescatar partidos políticos. El objetivo debe ser fortalecer la democracia.
Una oposición fuerte no es enemiga del gobierno; es aliada del país. Señala errores, propone soluciones y obliga a gobernar mejor. Cuando la oposición desaparece o pierde legitimidad, también pierde la ciudadanía, porque desaparecen los equilibrios indispensables para cualquier sistema democrático.
Quizá ese sea el verdadero reto de los próximos años. No reconstruir una alianza electoral, sino reconstruir la confianza pública.
Y esa confianza no se compra, no se decreta y tampoco se hereda. Se gana.
Si los partidos entienden ese mensaje, todavía podrán desempeñar un papel importante en el futuro político de México. Si insisten en presentar los mismos rostros, repetir los mismos discursos y proteger los mismos intereses, la sociedad continuará buscándolos… pero solamente para recordarles por qué dejó de creer en ellos.¿ no cree usted?.


