Allí donde los gobiernos reconocen formalmente los derechos colectivos a la tierra y se fortalecen los conocimientos ancestrales de las comunidades, la deforestación se reduce y los ecosistemas se revitalizan.
A esta conclusión han llegado, desde hace décadas, diversos estudios y así ha vuelto a ocurrir en el recientemente publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe (FILAC), el cual recopila más de 250 informes que coinciden en el papel crucial de los pueblos indígenas en la protección de los bosques y ante el calentamiento global.
Para los más de 500 pueblos indígenas que habitan la Amazonía y los casi 900 que existen en América Latina es la condición para preservar sus modos de vida y su propia supervivencia. La vida de estos pueblos supone una relación distinta con la naturaleza y la pandemia de covid-19 lo ha evidenciado: las comunidades han podido sobrevivir a la crisis sanitaria y económica porque los bosques, los ecosistemas sanos que ellas mismas se encargan de proteger, han sido su principal fuente de alimentación y medicinas.


